Las generalizaciones me enferman, sobre todo las relativas al tema de la especie humana. En este país se incide en el origen de los delincuentes cuando son árabes o gitanos, por poner dos ejemplos típicos. Que unos árabes roben no indica que todos ellos lo hagan, esto es todo.
Contaré una anécdota hermosa, romántica y didáctica, no para demostrarlo, ya que las obviedades por su peso se hacen valer, sino para afirmar que hay excepciones que no sólo no roban, sino que te regalan algo a cambio de nada.
Un día mi amiga Rosa y yo fuimos al rastro porque ella quería comprar un espejo. Por mil pesetas encontré una ganga barroca de ornamentado marco dorado y luna entera, algo empañada por el paso del tiempo. Mi amiga compró el espejo, de unos dos palmos de altura, y yo lo llevé. Mientras caminábamos por las estrechas aceras de las callejuelas traseras de la catedral de Valencia (que es donde antes se montaba), esquivando al gentío y sus codazos, un joven árabe tropezó conmigo. Llevaba un cuadro en las manos.
El espejo se me cayó al suelo, pero no se rompió, pese a que su luna se salió del marco. El joven me recogió el espejo y hábilmente lo montó en dos segundos; mirándome a través de él y mostrándome el cuadro, dijo: «Te pareces a ella. Eres bonita. ¿Lo quieres?» En ese momento, como una es malpensada por naturaleza, pensé: «No sé qué me ve. Es un pesado que quiere engatusarme para que le compre el retrato»; ahora reflexiono sobre lo decadente que fue apreciar mi físico, no directamente, sino mediante un reflejo. Tras decirme esto nos miramos y, como suele pasarme con los ojos oscuros y rasgados, me quedé en blanco. Entonces, tímida y suavemente sus dedos rozaron un instante mi pelo mientras murmuraba algo dulce.
Era un bonito retrato oval, de poco más de medio metro, sobre un fondo de terciopelo rojo. Una joven en el filo de la desnudez sonreía «entre dulce y perversa», como luego apreció alguien que vio el cuadro.
«¿A cambio de qué?», le contesté tras despertar de ese raro lapso y ver la cara atónita de Rosa. En esta fase pensé: «Si no quiere dinero por el cuadro, quiere acostarse conmigo». Él me dijo: «De nada. Es tuyo. Tómalo». Y me vio marchar, como hipnotizado, con el retrato hasta que junto a mi amiga crucé una esquina. Ya no lo volví a ver.
De camino a casa le dije a Rosa, que aún estaba alucinada: «Debe de haber droga oculta en el cuadro; igual lo perseguía la Policía y me ha endosado a mí el muerto». Pero cuando llegué a casa, lo destripé y vi que no era así, ya no tuve dudas. Exclamé: «¡Ha sido un impulso, como en el anuncio!»
Rosa conserva el espejo y de vez en cuando se mira en él. Pero yo conservo el retrato, espejo de mí misma que nunca envejece, según el desconocido. En cuanto a él, ahora, pensándolo bien, creo que sí que me robó algo. Un pedazo de ideal, quizás.
M. J. Zapater
Publicado el sábado, 29 de noviembre de 1997, en LAS PROVINCIAS, Sociedad, pág. 36.
Artículos censurados o publicados por Las Provincias entre 1997-98.
Dóricas, jónicas, corintias, salomónicas o de opinión, si amas el arte de las columnas, te doy la bienvenida.
Datos personales
Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.
La feria de las vanidades y la incoherencia
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
