Una princesa vivía tranquila recluida en su fortificación inexpugnable. Tierna y sonrosada como una flor primaveral, se bañaba todos los días en su piscina de mármol blanquirrosado.
Ruborizábase al escuchar siempre una vez al mes los rumores que corrían por el castillo, cargados de mensajes amorosos. Era tal su estupefacción, que la violenta erubescencia le duraba una semana. A veces esos rumores se entremezclaban con el zumbido de las abejas, que pululaban a las puertas del castillo pregonando su miel y ocultando el aguijón.
En esos días la princesa recibía especiales cuidados y atenciones por parte de sus pálidas doncellas. Unas eran más largas que otras, más o menos curvilíneas, más o menos gruesas; algunas hasta tenían alas (estas eran muy tontas, no servían para nada). Las había delicadas y groseras: las delicadas eran finas, suaves y veteranas; las groseras, modernas, repipis, falsas, creídas y más bordes que el perfil de una sierra (tal era la molestia que ocasionaban a la princesa).
La princesa prefería a las doncellas delicadas, pero no siempre las encontraba. Así, a veces se veía obligada a recurrir a las otras, cosa que le daba mucha rabia, ya que cada vez que anunciaban sus servicios se jactaban de tener la sangre azul. Al respecto pensaba la princesa: «Sangre azul! ¡Qué absurdo! ¡Ni la realeza la tenemos así!»
Lo que ni por asomo se le ocurría era llamar a Don Tampón, pegajoso caballero que allá donde se hospedaba siempre resultaba engorroso, pues se hinchaba de vino hasta reventar. La princesa sabía de buena tinta que Don Tampón no era de tan intachable familia como cacareaba. Temía que fuera mucho peor que las bastas doncellas de sangre azul y nunca permitió su entrada en el castillo, temerosa de que la atravesara con su espada.
Según el pregonero real, este sujeto era preferido por ocho de cada diez damas expertas en los Países Bajos. Estas ocho contaban maravillas de él, pero había que oír a las otras dos, que nunca aparecían para difundir su opinión contraria porque estaban secuestradas por el relaciones públicas del rey.
Además de espinoso e infecto, Don Tampón era frágil: para recordar por dónde había entrado dejaba por el camino el hilo de una madeja. Pero se rumoreaba que más de una vez un escuadrón de diez salteadores de guante blanco había intentado llevarse el hilo, y que éste se había roto. Entonces, la desgracia se cernía sobre la casa en que hubiera entrado Don Tampón.
Al final, irritada la princesa por los bordes de estos servidores de pacotilla, que encima tenían la desfachatez de creerse aristócratas (o sea, los mejores) por su sangre azul, los desterró de sus dominios y mandó buscar a sus fieles doncellas, suaves, esbeltas y limpias.
«¡Mucho cuento es lo que tenéis!», les dijo a los falsos aristócratas. A las puertas del castillo las abejas seguían zumbando… y ella pensó en adquirir nociones de apicultura.
M. J. Zapater
Artículos censurados o publicados por Las Provincias entre 1997-98.
Dóricas, jónicas, corintias, salomónicas o de opinión, si amas el arte de las columnas, te doy la bienvenida.
Datos personales
Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.
La feria de las vanidades y la incoherencia
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
