Denigrante es la moda de la discriminación positiva. En la vida he oído majadería semejante. Es algo así como la institucionalización de la intolerancia, un sexismo sutil. Independientemente del sexo, lo que ha de valer es el talento, nada más; ni la gazmoñería y la pavisosería de las niñatas con pelo teñido de alheña y cuerpo prefabricado, ni el nepotismo y sus derivados ni la caridad.
Sea hombre, mujer, hermafrodita, fauno, serafín o marciano, que luche por su puesto. Así pues, nada de reservar plazas, como en los palcos. Nada de inmerecidos y vejatorios privilegios.
¿Hasta dónde vamos a llegar? La actitud de las personas que postulan esta nueva y patética doctrina, que no es más que puro sexismo rebozado de falsa consideración, es como la de quien se deja ganar al ajedrez porque siente lástima de la supuesta inferioridad de su contrincante. Igual.
Discriminación positiva. ¿En qué cabeza cabe atribuir un calificativo saludable a un sustantivo de significado abominable? En la de los seres incoherentes, ni más ni menos. Cualquier día se hablará de la «halagüeña insolidaridad» o del «piadoso nazismo». Escandaloso.
Para incoherencias, de las que el mundo está lleno, las de las feministas, personas que merecen ser tan detestadas como los/as machistas. Cuando lo digo algunas féminas se me comen y me echan en cara estar de parte de ellos, como si esto fuera una guerra. Y la verdad es que esas mujeres son de armas tomar… Siempre me he preguntado por qué si dicen defender la igualdad no se llaman «igualitarias». ¿O no? De hecho, dice el diccionario de la Real Academia: «Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres». Pues a aplicarse el cuento toca. El machismo, aunque muy censurable, al menos es coherente.
Conclusión: tan negativo es el machismo como el feminismo, pero, por favor, llamemos a las cosas por su nombre.
El sexismo lo encontramos por doquier. Ahí va un ejemplo muy a tono con uno de los temas más machacones de este verano (la falta de urinarios públicos). ¿Qué pone en algunas placas de las puertas de los aseos?, pues «Caballeros» y «Señoritas». ¿Por qué no pone «Señoritas» y «Señoritos»? Porque en este país tal término tiene connotaciones. Es decir, que evoca la idea de un lechuguino, de un adamado repipi. Prejuicios. «Hombres» y «Mujeres» y todo apañado.
Pero vayamos a cosas más serias, como las del campo del humor. ¿Por qué cuando algo o alguien es admirable se lo llama «cojonudo» y cuando es fastidioso «un coñazo»? Nunca me lo explicaré y temo morir sin descubrir jamás la incógnita, tan profunda como el sexo de los ángeles.
Algunos hombres y mujeres defienden el reclutamiento obligatorio para éstas. Como si esto ayudara a estar al nivel viril. ¿A qué nivel?, al de los borregos sometidos, quizás.
Hablando del Ejército, a ver si deja ya de mandarme cartitas para que me aliste. No pienso ir, y mi negativa no se escuda en la «M» que hay en mi carné de identidad, sino en mi condición y dignidad de persona civilizada y pacífica. Punto y aparte.
Volviendo al sexismo y para concluir, ojalá y para siempre algún día podamos decir de él: punto final.
M. J. Zapater
(Publicado en LAS PROVINCIAS el miércoles, 27 de agosto de 1997, en Opinión, pág. 5)
Artículos censurados o publicados por Las Provincias entre 1997-98.
Dóricas, jónicas, corintias, salomónicas o de opinión, si amas el arte de las columnas, te doy la bienvenida.
Datos personales
Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.
La feria de las vanidades y la incoherencia
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
