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Ejemplar de La balaustrada (95 columnas de opinión censuradas o publicadas por Las Provincias), encuadernado por la autora.

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Ex redactora de Las Provincias

17 junio, 2011

POLÍTICAMENTE CORRECTO

Si según el movimiento políticamente correcto «blanco» significa «pobre en melanina» y «enano» «persona que no ha llegado a gigante», este es el tremendo título del cuento que haría empalidecer hasta a la mismísima Blanca Nieves: La pobre en melanina y los siete que no llegaron a gigantes. La ridícula y kilométrica ocurrencia solo está bien para dormir a los infantes antes de que escuchen el «había una vez…»


El movimiento políticamente correcto no sólo muchas veces no lo es ni léxica ni éticamente, sino que resulta absurdo, eufemístico y contrario a la economía de las palabras. La tontería, queriendo luchar contra el clasismo, el sexismo, los imperialismos y otras bestias negras de similar ralea, no ha hecho más que exacerbarlas.

Fue en el 93 cuando en Yanquilandia se difundieron sandeces como esta: «Los cuatro zoos de Nueva York ya no se llaman así, sino parques para la conservación de la vida salvaje». El calenturiento cerebro de la susceptible peña que barruntó tal ristra y otras similares no distingue entre lo denotativo y lo connotativo ni entre significante y significado: un zoo (significante) debe ser «lugar para conservar especies en extinción» (significado). «Zoo» ni es insulto ni vocablo inadecuado. Hablando de estos sitios, considero que los animales sufren a veces en las jaulas, pero si están en libertad caen presas de cazadores furtivos, con lo cual no sé qué es peor.

Otra majadería es que los calvos son «facialmente incompletos», lo que es ambiguo y confuso; si a mí alguien me suelta eso pienso que le falta la nariz, o un ojo… Además, en todo caso sería «cranealmente incompleto», ya que la barba sale en la faz, pero la cabellera sale en la cabeza. Hasta aquí llega la ignorancia. Por cierto, ¡imagínese el trauma de la que se llame Blanca Calvo!

También sustituyen «mascota» por «animal de compañía», «secretaria» por «asistente» (no entraré en lo malpensado que fue el ser que propuso esto), «pobre» por «económicamente explotado» (cuando parte de ellos se han ganado la ruina a pulso)…

Todas estas palabras no denotan nada vejatorio; sus connotaciones lo son por ser el reflejo de las mentes retorcidas y malpensadas que las alimentaron. Esto es todo. Creer que la aureola maligna con que rebozan ciertos términos es más poderosa que estos mismos es consolidar la distorsión del lenguaje y la intolerancia. No hay que sentirse ofendido por palabras que no entrañan maldad, sino, en todo caso, por la maldad de quien las pronuncia. Riámonos, pues, de quien pretende humillarnos y echémosle en cara su desconocimiento del idioma, sea cual sea. El tono y la forma con que se habla suelen decir más que el contenido de lo dicho. Y llamemos a las cosas por su nombre: un asesino (por ejemplo) es lo que es, sin remilgos.

M. J. Zapater

(Publicado en LAS PROVINCIAS el martes, 2 de diciembre de 1997, en Opinión, pág. 5)

Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.

La feria de las vanidades y la incoherencia


Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.

María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)