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Ejemplar de La balaustrada (95 columnas de opinión censuradas o publicadas por Las Provincias), encuadernado por la autora.

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19 julio, 2011

LA PIEL DE ZAPA Y EL HONGO EGIPCIO

Una de las cosas que más me gustan del otoño son esas deliciosas flores de la humedad: las setas. A estas alturas no sólo no desecho la idea de que en los níscalos duerman duendes, sino que creo en la magia que rezuman ciertas especies de hongos. Uno de ellos, el llamado popularmente «hongo egipcio» (aunque sólo cuatro gatos lo conocemos), protagonizó uno de los episodios más raros de mi vida, y digo episodios porque fue una novela la que por azar tuvo que ver con dicha seta.


Por la época en que mi amiga Eva me regaló el hongo egipcio, el que concede tres deseos, estaba yo a punto de empezar a leer La piel de zapa, esa mefistofélica obra de Balzac que cuenta la vida de un suicida que adquiere una piel de onagro en una casa de antigüedades. La piel concedía deseos, pero encadenaba la existencia; grabado en árabe se leía en ella: «Si me posees, lo poseerás todo. Pero tu vida me pertenecerá. Dios lo ha querido así. Desea y se realizarán tus deseos, pero acomoda tus aspiraciones a tu vida; aquí está encerrada. A cada anhelo menguaré como tus días. ¿Me quieres? ¡Tómame! Dios te oirá. ¡Así será!»

El protagonista, tras desear y obtener lujuria y lujo y ver la piel convertida en diminuto talismán, se recluye en su mansión rodeado de múltiples atenciones, a fin de no desear nada más y de no morir prematuramente. Pero, víctima del amor, fallece joven.

Así, mientras que la piel de zapa de Rafael, protagonista de la novela, empequeñecía, la de mi hongo egipcio aumentaba. La cría de esta seta (la llamé Filomena) me la entregó mi amiga en un cuenco con té negro azucarado, aislada de la luz. A lo largo de tres semanas la vi crecer en la sombra; cada domingo retiraba la cría que Filomena daba a luz en la oscuridad y la regalaba a alguien de confianza (en el tercer parto tuvo gemelos).

Según advertía la carta que acompañaba al hongo, debía mimarlo y hablarle. Así, en esos días le leí mis sonetos y fragmentos de esa obra de Balzac, pues me intrigaba mucho su desarrollo. También le puse música de Juan Sebastián Bach (intercalada con las baladas desgarradas de los Toreros Muertos), le canté, lo alimenté con té negro endulzado y le recordé mis tres deseos. Cada vez que en la penumbra lo regaba con té, una boca invisible engullía el líquido. Yo oía el sugestivo sonido de las burbujas…

El último día lo dejé secar sobre un paño de algodón blanco: se contrajo y arrugó, como una hoja seca, y se quedó como el pergamino circular de una pandereta o como una luna llena. A veces escudriño en el cofre donde guardo este talismán, para ver si mengua…


M. J. Zapater

(Publicado en LAS PROVINCIAS el jueves 4 de diciembre de 1997, en Sociedad, pág. 32)

Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.

La feria de las vanidades y la incoherencia


Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.

María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)