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Ejemplar de La balaustrada (95 columnas de opinión censuradas o publicadas por Las Provincias), encuadernado por la autora.

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Ex redactora de Las Provincias

03 agosto, 2011

NO TAN CURADA DE ESPANTO

«La persona valiente es aquella que tiene miedo y se lo aguanta», dijo alguien muy acertadamente. Hasta Juan Sin Miedo tenía pánico a los pececillos. El miedo, como todo sentimiento, es subjetivo y, por tanto, relativo. Lo que a muchas personas las espanta, a mí me deja fría, y viceversa. Desde pequeña siempre me han dicho que soy de miedo, pero una no está aún curada de espanto de historietas inverosímiles; aún hay cosas que me dejan estupefacta.


Hay un miedo catártico y abisal que da vértigo y fascina, ese en que nos recreamos de la mano de la pálida y mítica Pavor. Otro miedo aniquila, es como la bestia negra de lo psicosomático.

Mi pasión por el miedo que sublima emociones afloró a corta edad. Aprovechando que el juego de espejos de mi casa me permitía ver desde la cama Mis terrores favoritos, me embriagué de la mirada efervescente de Drácula, amor imposible de mi infancia. Ya de mayor aluciné con La matanza de Texas, peliculita cuyo comienzo vi en el sillón y de cuyo final disfruté en el suelo, muerta de risa.

Una mañana, de niña, paseaba de la mano con mi abuela por el cementerio; yo tenía unos siete años. Introduje el pie en la rejilla del depósito de cadáveres y sentí el vértigo de caer no se sabe dónde y la tensión del brazo, del que mi abuela me agarraba aterrada.

Años después de este susto de muerte me fui con una amiga a hurtar fruta a un campo al que acostumbraba yo a ir con unos gamberretes del chalé. Pero ese día nos salió el tiro por la culata porque apareció el amo del frutal escopeta en mano y farfullando oscura jerga. Mientras que mi amiga no corría porque estaba petrificada, a mí me dio un ataque de risa nerviosa. En otra de nuestras andanzas montañesas nos alertaron de que un toro del pueblo se había escapado. Nos precipitamos ladera abajo chillando y aún nos quedaron ganas de reírnos luego de la faena que le hicieron a los siniestros amantes de la tortura animal.

Con la chica de la aventura de la escopeta acostumbraba a ir al cementerio a instruirme en el Tarot. Jugando a las cartas en el cementerio, canturreaban los Parálisis Permanente, pero nosotras de jugar nada, que bien seriamente que lo hacíamos todo. Los que también canturreaban, más que para espantar su mal para espantar a los perros y a las almas en pena del camposanto, eran mis primos y compañía, que alquilaron la casa solariega y decrépita que había al lado para ensayar. El interior, empapelado de fotos obscenas y de santos, era muy chocante.

Un día vi la sombra de un intruso en mi terraza. Los andamios de la fachada me hicieron pensar que era un obrero, pero no, era un tipo con pasamontañas. Llamó a la puerta y vi borrosamente por la mirilla su cara. Me tiré al suelo, llamé a la Policía y, entrecortándome por la risa histérica, pedí socorro. Un helicóptero llegó enseguida; trazando círculos sobre mi cabeza me recordaba con su zumbido una escena de Corrupción en Miami.

Pero ni Miami Vice, ni Matanza de Texas, ni Drácula; a veces la realidad supera a la ficción.

M. J. Zapater

(Publicado en LAS PROVINCIAS el miércoles 24 de diciembre de 1997, en Sociedad, pág. 30)

Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.

La feria de las vanidades y la incoherencia


Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.

María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)