Cuando Einstein afirmaba la relatividad del tiempo, quizás desconocía el doble sentido de sus palabras. Hablo del tiempo meteorológico, también relativo, pues, ¿por qué razón en la televisión se empeñan en decir «mañana hará buen tiempo» (cuando en realidad quieren predecir que hará sol) si no todas las personas somos amantes de Apolo?
Aparte de que el clima que es bueno para una cosa es malo para otra, sobre gustos no hay nada sentenciado (decir que no hay nada escrito sería tirar por tierra todas las teorías estéticas). Por tanto, ¿por qué muchos meteorólogos califican la lluvia, los truenos y el aire como fenómenos propios del mal tiempo?
Para mí, estéticamente, el tiempo ideal es una buena lluvia cayendo sobre las losas mohosas del cementerio o sobre un campo de naranjos en flor, que aroma el aire con la esencia de la tierra húmeda endulzada de azahar. Otra bella estampa es ver a la tormenta hendir su espada en el seno del mar, o la de un fantasma abriéndose paso entre la niebla hecha jirones.
Un didáctico cuento que yo releía de pequeña ejemplifica sencilla y perfectamente la relatividad del tiempo meteorológico. Narra la historia de un padre y dos hijas: una, esposa de un jardinero; la otra, de un alfarero. La primera le pide al padre que ruegue para que caiga una buena lluvia que riegue las flores; por el contrario, la segunda le pide que rece para que siga brillando el sol y así se sequen sus objetos de barro. El padre concluye, alzando los brazos al cielo, «Señor, hágase tu voluntad». ¿Qué es, entonces, el buen tiempo y qué el mal tiempo?
La única lluvia detestable es la ácida; el resto purifica e inspira. Por algo el cielo sonríe mostrando sus dientes de colores cuando el sol osa asomarse mientras dura esta maravilla natural. Menos líricos, pero sí aplastantes, los Kortatu hablan también de esto en su canción Revuelta en el frenopático: «¡Mañana hará el tiempo que a mí me dé la gana! La asamblea de majaras se ha reunido, la asamblea de majaras ha decidido: ¡mañana sol! ¡Y buen tiempo!»
Como dice el refrán, «nunca llueve a gusto de todos», pero, por favor, que no nos metan a Febo por los ojos, que este astro-rey, con el agujero creciente de ozono que hay, es cada vez más insoportable y peligroso. Ahí está el elevado número de casos de cáncer de piel. Alguien habrá que, como yo, prefiera las rocas de una cala solitaria en el ocaso a un sol de incendio abrasando una multitudinaria playa de engorrosa arena, ¿no?
Hace ya tiempo que quería escribir sobre el tiempo; si no hay tiempo bueno ni malo, quizás sea el tiempo mismo el que entrañe (en este caso) la maldad. Como «cualquier tiempo pasado fue mejor», recurro a los antiguos romanos y evoco al despiadado Saturno, que devoró a sus hijos.
M. J. Zapater
(Publicado en LAS PROVINCIAS el domingo 21 de junio de 1998, en Sociedad, pág. 39)
