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Ejemplar de La balaustrada (95 columnas de opinión censuradas o publicadas por Las Provincias), encuadernado por la autora.

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Ex redactora de Las Provincias

08 noviembre, 2011

RELATIVO TIEMPO METEOROLÓGICO

Cuando Einstein afirmaba la relatividad del tiempo, quizás desconocía el doble sentido de sus palabras. Hablo del tiempo meteorológico, también relativo, pues, ¿por qué razón en la televisión se empeñan en decir «mañana hará buen tiempo» (cuando en realidad quieren predecir que hará sol) si no todas las personas somos amantes de Apolo?
Aparte de que el clima que es bueno para una cosa es malo para otra, sobre gustos no hay nada sentenciado (decir que no hay nada escrito sería tirar por tierra todas las teorías estéticas). Por tanto, ¿por qué muchos meteorólogos califican la lluvia, los truenos y el aire como fenómenos propios del mal tiempo?

Para mí, estéticamente, el tiempo ideal es una buena lluvia cayendo sobre las losas mohosas del cementerio o sobre un campo de naranjos en flor, que aroma el aire con la esencia de la tierra húmeda endulzada de azahar. Otra bella estampa es ver a la tormenta hendir su espada en el seno del mar, o la de un fantasma abriéndose paso entre la niebla hecha jirones.
Un didáctico cuento que yo releía de pequeña ejemplifica sencilla y perfectamente la relatividad del tiempo meteorológico. Narra la historia de un padre y dos hijas: una, esposa de un jardinero; la otra, de un alfarero. La primera le pide al padre que ruegue para que caiga una buena lluvia que riegue las flores; por el contrario, la segunda le pide que rece para que siga brillando el sol y así se sequen sus objetos de barro. El padre concluye, alzando los brazos al cielo, «Señor, hágase tu voluntad». ¿Qué es, entonces, el buen tiempo y qué el mal tiempo?
La única lluvia detestable es la ácida; el resto purifica e inspira. Por algo el cielo sonríe mostrando sus dientes de colores cuando el sol osa asomarse mientras dura esta maravilla natural. Menos líricos, pero sí aplastantes, los Kortatu hablan también de esto en su canción Revuelta en el frenopático: «¡Mañana hará el tiempo que a mí me dé la gana! La asamblea de majaras se ha reunido, la asamblea de majaras ha decidido: ¡mañana sol! ¡Y buen tiempo!»
Como dice el refrán, «nunca llueve a gusto de todos», pero, por favor, que no nos metan a Febo por los ojos, que este astro-rey, con el agujero creciente de ozono que hay, es cada vez más insoportable y peligroso. Ahí está el elevado número de casos de cáncer de piel. Alguien habrá que, como yo, prefiera las rocas de una cala solitaria en el ocaso a un sol de incendio abrasando una multitudinaria playa de engorrosa arena, ¿no?
Hace ya tiempo que quería escribir sobre el tiempo; si no hay tiempo bueno ni malo, quizás sea el tiempo mismo el que entrañe (en este caso) la maldad. Como «cualquier tiempo pasado fue mejor», recurro a los antiguos romanos y evoco al despiadado Saturno, que devoró a sus hijos.
M. J. Zapater
(Publicado en LAS PROVINCIAS el domingo 21 de junio de 1998, en Sociedad, pág. 39)

Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.

La feria de las vanidades y la incoherencia


Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.

María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)