Como el cáustico Serafín Rojo me preguntó: «¿Por qué ríen las calaveras?», y en seguida pienso en la entrañable e insólita forma en que celebran en Méjico el «día de los muertitos», fiesta equivalente a nuestro día de difuntos, aunque distinta.
Mientras que aquí, como ya criticó en su día el sombrío Larra, la población se afana por correr al cementerio («¡Al cementerio!, ¡al cementerio!»), allí las criaturas corretean por las calles con dulces en forma de calavera en los que va inscrito su nombre. Esto se da sobre todo en aquellos pueblos de origen campesino.
Además, existe allí la creencia azteca de que son los muertos los que visitan a los vivos antes de formar parte del universo.
En Méjico es la noche del 2 al 3 de noviembre cuando se celebra esta halagüeña fiesta. Los hogares se engalanan con guirnaldas de flores y con cirios para recibir a las almas; se erigen altares y en ellos se coloca la que fue comida favorita del muerto, sus objetos personales y algo que aluda a sus pasatiempos.
Tal tradición sorprende y extraña en un país en el que Todos los Santos rezuma profunda melancolía y solemnidad. Pero en Méjico es distinto porque allí la muerte es algo cotidiano (hambrunas, enfermedades…), algo natural con lo que se aprende a convivir desde temprana edad.
Tampoco en Inglaterra o Estados Unidos se insiste en lo trágico de la muerte. En la noche del 31 de octubre, el famoso Halloween, la gente, disfrazada de seres fantásticos y terroríficos, intenta sublimar sus problemas cotidianos y afrontar el más allá con optimismo. Las criaturas también se divierten; van de puerta en puerta pidiendo caramelos.
Otros, los instruidos en esoterismo, aprovechan esa noche para celebrar el cuarto de los sabats más importantes del año. En él, seriamente, refuerzan sus energías psíquicas. El resto de sabats se celebran el 1 de febrero, la última noche de abril y la primera de agosto.
Sin embargo, hasta la faz más negra y tétrica de la muerte tiene su encanto. ¿Quién no ha experimentado un íntimo regocijo al releer El monte de las Ánimas, sobrecogedora leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer?
Remontándose a los tiempos de los templarios, que eran guerreros y religiosos a la vez, este escritor intimista explica el odio que nació entre los hidalgos castellanos y los árabes que conquistaron Soria. Estos ocuparon el monte, que pertenecía los templarios, y allí cazaron cuanto quisieron. El odio derivó en sangrienta guerra; «aquello no fue una cacería, sino una batalla espantosa (…) El monte se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos a amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces, en noche de difuntos, se oye doblar sola la campana de la capilla (…)»
Historia que invita a sumirse en la inconsciencia de las flores blancas. Como Teófilo Gautier, creo firmemente que el mundo invisible es lo cotidiano, pero no creo en la paz de los sepulcros, como Espronceda.
M. J. Zapater
(Publicado en LAS PROVINCIAS el sábado 1 de noviembre de 1997, en Sociedad, pág. 28)
Mientras que aquí, como ya criticó en su día el sombrío Larra, la población se afana por correr al cementerio («¡Al cementerio!, ¡al cementerio!»), allí las criaturas corretean por las calles con dulces en forma de calavera en los que va inscrito su nombre. Esto se da sobre todo en aquellos pueblos de origen campesino.
Además, existe allí la creencia azteca de que son los muertos los que visitan a los vivos antes de formar parte del universo.
En Méjico es la noche del 2 al 3 de noviembre cuando se celebra esta halagüeña fiesta. Los hogares se engalanan con guirnaldas de flores y con cirios para recibir a las almas; se erigen altares y en ellos se coloca la que fue comida favorita del muerto, sus objetos personales y algo que aluda a sus pasatiempos.
Tal tradición sorprende y extraña en un país en el que Todos los Santos rezuma profunda melancolía y solemnidad. Pero en Méjico es distinto porque allí la muerte es algo cotidiano (hambrunas, enfermedades…), algo natural con lo que se aprende a convivir desde temprana edad.
Tampoco en Inglaterra o Estados Unidos se insiste en lo trágico de la muerte. En la noche del 31 de octubre, el famoso Halloween, la gente, disfrazada de seres fantásticos y terroríficos, intenta sublimar sus problemas cotidianos y afrontar el más allá con optimismo. Las criaturas también se divierten; van de puerta en puerta pidiendo caramelos.
Otros, los instruidos en esoterismo, aprovechan esa noche para celebrar el cuarto de los sabats más importantes del año. En él, seriamente, refuerzan sus energías psíquicas. El resto de sabats se celebran el 1 de febrero, la última noche de abril y la primera de agosto.
Sin embargo, hasta la faz más negra y tétrica de la muerte tiene su encanto. ¿Quién no ha experimentado un íntimo regocijo al releer El monte de las Ánimas, sobrecogedora leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer?
Remontándose a los tiempos de los templarios, que eran guerreros y religiosos a la vez, este escritor intimista explica el odio que nació entre los hidalgos castellanos y los árabes que conquistaron Soria. Estos ocuparon el monte, que pertenecía los templarios, y allí cazaron cuanto quisieron. El odio derivó en sangrienta guerra; «aquello no fue una cacería, sino una batalla espantosa (…) El monte se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos a amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces, en noche de difuntos, se oye doblar sola la campana de la capilla (…)»
Historia que invita a sumirse en la inconsciencia de las flores blancas. Como Teófilo Gautier, creo firmemente que el mundo invisible es lo cotidiano, pero no creo en la paz de los sepulcros, como Espronceda.
M. J. Zapater
(Publicado en LAS PROVINCIAS el sábado 1 de noviembre de 1997, en Sociedad, pág. 28)
