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Ejemplar de La balaustrada (95 columnas de opinión censuradas o publicadas por Las Provincias), encuadernado por la autora.

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25 octubre, 2011

LA ETERNA SONRISA DE LAS CALAVERAS

Como el cáustico Serafín Rojo me preguntó: «¿Por qué ríen las calaveras?», y en seguida pienso en la entrañable e insólita forma en que celebran en Méjico el «día de los muertitos», fiesta equivalente a nuestro día de difuntos, aunque distinta.

Mientras que aquí, como ya criticó en su día el sombrío Larra, la población se afana por correr al cementerio («¡Al cementerio!, ¡al cementerio!»), allí las criaturas corretean por las calles con dulces en forma de calavera en los que va inscrito su nombre. Esto se da sobre todo en aquellos pueblos de origen campesino.


Además, existe allí la creencia azteca de que son los muertos los que visitan a los vivos antes de formar parte del universo.

En Méjico es la noche del 2 al 3 de noviembre cuando se celebra esta halagüeña fiesta. Los hogares se engalanan con guirnaldas de flores y con cirios para recibir a las almas; se erigen altares y en ellos se coloca la que fue comida favorita del muerto, sus objetos personales y algo que aluda a sus pasatiempos.

Tal tradición sorprende y extraña en un país en el que Todos los Santos rezuma profunda melancolía y solemnidad. Pero en Méjico es distinto porque allí la muerte es algo cotidiano (hambrunas, enfermedades…), algo natural con lo que se aprende a convivir desde temprana edad.

Tampoco en Inglaterra o Estados Unidos se insiste en lo trágico de la muerte. En la noche del 31 de octubre, el famoso Halloween, la gente, disfrazada de seres fantásticos y terroríficos, intenta sublimar sus problemas cotidianos y afrontar el más allá con optimismo. Las criaturas también se divierten; van de puerta en puerta pidiendo caramelos.

Otros, los instruidos en esoterismo, aprovechan esa noche para celebrar el cuarto de los sabats más importantes del año. En él, seriamente, refuerzan sus energías psíquicas. El resto de sabats se celebran el 1 de febrero, la última noche de abril y la primera de agosto.

Sin embargo, hasta la faz más negra y tétrica de la muerte tiene su encanto. ¿Quién no ha experimentado un íntimo regocijo al releer El monte de las Ánimas, sobrecogedora leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer?

Remontándose a los tiempos de los templarios, que eran guerreros y religiosos a la vez, este escritor intimista explica el odio que nació entre los hidalgos castellanos y los árabes que conquistaron Soria. Estos ocuparon el monte, que pertenecía los templarios, y allí cazaron cuanto quisieron. El odio derivó en sangrienta guerra; «aquello no fue una cacería, sino una batalla espantosa (…) El monte se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos a amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces, en noche de difuntos, se oye doblar sola la campana de la capilla (…)»

Historia que invita a sumirse en la inconsciencia de las flores blancas. Como Teófilo Gautier, creo firmemente que el mundo invisible es lo cotidiano, pero no creo en la paz de los sepulcros, como Espronceda.

M. J. Zapater

(Publicado en LAS PROVINCIAS el sábado 1 de noviembre de 1997, en Sociedad, pág. 28)

Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.

La feria de las vanidades y la incoherencia


Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.

María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)