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Ejemplar de La balaustrada (95 columnas de opinión censuradas o publicadas por Las Provincias), encuadernado por la autora.

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Ex redactora de Las Provincias

12 junio, 2011

DE LA VIDA CONTEMPLATIVA

Al contemplar las cosas de la vida hay que percibir todos sus posibles prismas; si no se es capaz de ello, conviene callar, encogerse de hombros, no ofender y dejar a los que se considera incomprensiblemente diferentes vivir en paz. Todo es cuestión de gustos; todo es relativo. Toda moneda tiene su cara y su cruz. De todo se puede decir «según se mire».


Lo que a continuación se narra tiene que ver con esto; lo he titulado De la vida contemplativa.

Teresa y Narcisa, dos jóvenes fervorosas que creían llevar algo divino en su interior, comenzaban el día cada mañana abismándose para abrazar la plenitud. En un sosegado ambiente de silencio y penumbra donde el incienso humeaba dulcemente, afloraba la magia del recogimiento y el gozoso abandono: susurros ininteligibles escapando de labios temblorosos, suaves suspiros sucediéndose, imágenes gloriosas columpiándose en la mente; vertiginosas oleadas que van y vienen, densas, envolventes, en la armoniosa confusión de los sentidos… ¡Fantástico delirio!

Y al fin, con sublime estremecimiento, la quintaesencia, el éxtasis.

La artista y la novicia, cada cual a su modo, exhaustas y jadeantes daban las gracias a su dios; mientras una exclama «¡Oh, de vita beata!», la otra suspira «¡Oh, deliciosa masturbación!»

Es importante percatarse de que sobre gustos se ha escrito tanto, que la variedad de tendencias es palpable. Aprendamos todas las personas, no necesariamente a postularlas o a admirarlas (que cada cual atienda a lo que su naturaleza interior le dicte), pero sí a reconocerlas y respetarlas.

He aquí la reacción de un joven admirable que supo ver más allá:

Dos jóvenes hermosas y esbeltas pasaron cogidas de la mano muy enternecidas frente a dos hombres.

Nada más verlas, estos, en tono rudo, desconsiderado y prepotente les reprocharon que eran un par de bellezas corrompidas echadas a perder. Ellas contestaron a sus obscenidades y a sus burlas dándose un apasionado beso en los labios.

Los hombres, enardecidos, hicieron un gesto de asco, aunque en el fondo hervían de rabia por no ser ellos los afortunados amantes de aquellas damas tan bellas.

«¡Con lo guapas que son!», gritaban tratando de sanar su orgullo viril.

Un tercer hombre que también había presenciado la escena, les dijo sonriendo: «Eso demuestra que tienen buen gusto».

En efecto, cuestión de gustos. Aquel joven caballero me gustó, como también me gustó la naturalidad de las chicas, que no contestaron a los improperios y siguieron su camino. Ni ese chico ni yo recorremos el sendero marcado por Safo y Sócrates, pero sabemos que es tan válido como cualquier otro


M. J. Zapater

Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.

La feria de las vanidades y la incoherencia


Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.

María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)