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Ejemplar de La balaustrada (95 columnas de opinión censuradas o publicadas por Las Provincias), encuadernado por la autora.

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Ex redactora de Las Provincias

14 junio, 2011

UNA DE PORRAS, PORROS, AMOR Y HUEVOS

Ya estaba yo convencida de que la mayoría de las manifestaciones son a la revolución lo que cualquier misa a la religión (o sea, mero símbolo), cuando aconteció el tragicómico episodio que voy a resumir, y que consolidó mi idea: a misa se va a recibir la hostia, pero también los tiros en una manifestación alternativa van por ahí.


Un caluroso 24 de julio de 1995 circulaba en paz el joven Disidente (luego mi media naranja) por los aledaños de la plaza de toros de Valencia, cuando se topó con un grupo de manifestantes antitaurinos; la Policía imponía orden. Disidente sacó la grabadora que suele acompañarlo (por algo era locutor en una radio libre, como servidora) y se puso a grabar.

Insultos, corridas, mamporros, pancartas por los suelos y huevos volando por el aire. Uno de ellos fue a aterrizar sobre la cintura del agente número 55.693, y como el individuo era tan ciego como la diosa Fortuna, arremetió contra Disidente creyendo que había sido él el pollo responsable. Así pues, al pobre Disidente le tocó el gordo: el 55.693 y otros más, ya que los golpes que recibió dentro de la furgoneta provenían de más de una manaza. Encima, no se le leyeron los derechos. Menuda papeleta.

Se celebró un simulacro de juicio en el que el policía acudió con su abogado y en el que sólo habló él; a Disidente, pese a solicitar uno de oficio, no se le asignó ninguno. Se dictó sentencia y se le impuso a Disidente una pena de 10 días de arresto menor y una multa de 30.000 pesetas; encima, arresto sustitutorio de cinco días para el caso de impago.

Los compañeros de la radio, muchos de los cuales habían asistido a la manifestación, se lavaron las manos. Uno de ellos, Juanito, fue el que lanzó el huevo y escondió la pata, pero servidora lo sabía y se las ingenió para que se autoinculpara sin llegar a las manos. La colecta que pretendían hacer para ayudar a Disidente sirvió para liar porros, cosa que en mi presencia nunca consentí. Y se lió.

Disidente estaba tan desanimado, que ni siquiera quería recurrir la sentencia, pero lo convencí de lo contrario. «¿No tuviste abogado en el juicio?, pues bien, ya lo tienes. Yo soy tu abogada a partir de ahora», le dije, sacando la Constitución. «¿Estás loca?, no eres abogada. Ni siquiera has acabado Periodismo», me contestó, asustado. Así pues, nos fuimos a juzgados.

«Calla y déjame hablar a mí», le advertí. Todo salió bien. Nos recibieron, nos escucharon, creyeron que era su abogada y, encima, el funcionario confesó que era miembro de la asociación que había convocado la manifestación. ¡Qué irónico! Casi lo invitamos al programita radiofónico.

Recurrimos, volvimos un par de veces más a dar el tostón y, al final, la pena le fue conmutada. Al gallina de Juanito ya no le quedaron huevos que tirar en manifestaciones sucesivas y nosotros, que religiosamente acudíamos a todas, no hemos vuelto a asistir a ninguna y mandamos a los falsos compañeros a la porra.

M. J. Zapater

Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.

La feria de las vanidades y la incoherencia


Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.

María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)