Decía en No tan curada de espanto que a veces la realidad supera a la ficción. Lo que voy a contar no tiene nada de invento, pese a parecer calco de las escenas estrambóticas de Almodóvar.
Era ya de noche. En un coche aparcado no muy lejos de una sucursal bancaria, el marido de mi prima Inma esperaba a que ésta regresara del cajero. Los tacones lejanos de Inma despertaron el interés de un individuo que acechaba desde dentro del banco. Ella, al verlo, se olió que iba a atracarla e intentó por señas alertar a su esposo, pero éste no se percató.
“Entra, mujer. No tengas miedo”, le dijo el extraño tranquilizadoramente asomándose a la puerta; temiendo lo peor, Inma entró sintiendo su carne cada vez más trémula. Cuando, aún inquieta, sacó 10.000 pesetas del cajero, pensó cómo aquel desconocido tardaba tanto si había llegado antes que ella. Entonces, al girarse con la tarjeta en una mano y el dinero en la otra, fue deslumbrada por el filo de flamante navaja.
“¡Lo sabía!, ¡lo sabía!”, pensó. “Venga. Saca todo lo que tengas”, le ordenó el atracador. Fue en ese preciso momento cuando Inma, al borde de un ataque de nervios pero comportándose como valiente mujer, tramó esta tragedia improvisada: entre ruegos desesperados le preguntó que qué había hecho ella para merecer aquello, que su marido era ex recluso toxicómano que la molía a palos y que la había medio arruinado. A todo esto, ella aún no sabía si el “saca todo lo que tengas” aludía a lo que llevaba encima o a la pasta del cajero. Imploró de tal forma al agresor que éste, conmovido, le confesó que también para él la siniestra amapola era la flor de su secreto. Agregó, ya deshecho, que todo era una mierda y que estaba desquiciado.
El atracador, lloroso, se disculpó y le perdonó las 50.000 pesetas (cantidad máxima que ella podía sacar). Sólo le faltó arrodillarse y pedirle “¡átame!, ¡humíllame!, ¡llévame a comisaría! ¡Soy infame!”
Pero he aquí que los gimoteos del atracador arrepentido también habían hecho mella en la sensibilidad de Inma, que hasta insistía ya en que le aceptara las 10.000 pesetas que llevaba en la mano. “¡No!, ¡no! ¡Quédatelas tú, que las necesitas más!”, se decían mutuamente, perdidos ya en la inverosimilitud camarada de aquel laberinto de pasiones.
El extraño se negó a aceptar un duro y la dejó marchar. Cuando Inma llegó al coche y le contó la película a su marido, narrada a borbotones de histeria acongojada, éste alucinó. Para postre volvió el hijo pródigo, no se sabe si impulsado por la ley del deseo o por algún deseo ilegal. El esposo de Inma quería apañarlo; ella lo contuvo.
De película de Almodóvar, pues, ¿acaso no demuestra que, como dijo Wilde en La decadencia de la mentira, “La vida imita al arte mucho más que el arte imita a la vida”?
M. J. Zapater
(Publicado en LAS PROVINCIAS el martes 13 de enero de 1998, en Salud, pág 28)
Artículos censurados o publicados por Las Provincias entre 1997-98.
Dóricas, jónicas, corintias, salomónicas o de opinión, si amas el arte de las columnas, te doy la bienvenida.
Datos personales
Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.
La feria de las vanidades y la incoherencia
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
