«¡Qué morena estás!» (con tono de congratulación) o «¡Estás muy blanca!» (con tono de pésame), es la canción que sigue al verano. Con lo patético que es reencontrarte con las amistades y los colegas para oírte, antes que nada, la frasecita dichosa… Debido a la insensata moda vulgar de tumbarse al sol cual lagartijas inmunes al metastás, la expresión «¡Qué morena estás!» es aquella con la que, sin ver aún a la persona, se suele dar en el blanco (en el negro, más bien).
En mi caso no sé a qué viene el tonillo compasivo con el que algunos cuando me ven se lamentan diciendo «¡Qué blanca estás!», porque sólo de oírlo me pongo negra. ¿Qué pasa? ¿No puede una ser la oveja negra y ser feliz con la piel pobre en melanina? ¿No puede una sentirse orgullosa de tener alergia al sol, como el conde Drácula? ¿No puede una rechazar el cupón gratuito del sorteo de un cáncer de piel?
Con la belleza sobrecogedora que encierran estas palabras…: «¡Qué pálida estáis esta noche! Parece que os hayáis abierto las venas para colorear vuestro vestido.» ¿Es que sólo unos pocos conocen el encanto de escuchar halagos como este?
Los rayos de Apolo son de las pocas cosas que aún no ha tiranizado el capital, por lo que cada cual toma de él lo que gusta. Estoy bien siendo blanca; si hay a quien le pirra ponerse como un tizón, allá él. Quede claro que no rechazo ciertos colores de piel ni, por extensión, ciertas razas. Lo que vitupero es que alguien no acepte los pigmentos de piel que la naturaleza le ha dado. Así, tanto asco me da un blanco carbonizado por estar al sol como un céreo maniquí desteñido a lo Michael Jackson (cada vez que lo veía me quedaba blanca de pavor).
Veo idóneos los orientales ambarinos, los indios rojizos y los negros color chocolate oscuro, también los mulatos, mestizos y demás mezclas (al fin y al cabo, la raza pura es falaz), pero detesto a quien va contra la naturaleza fomentando las monstruosidades genéticas. Todos somos fruto de mezclas, incluso voy más lejos: ¿no cambiamos cada cual de color según las circunstancias, como el camaleón?
Al respecto recuerdo un fragmento de un poema muy adecuado al caso, de un australiano anónimo; está dedicado a Blanca Fella: «Cuando tú nacer…, ser rosa;/ cuando tú crecer…, ser blanca;/ cuando tú tomar sol…, ser roja;/ cuando tú pasar frío…, ser azul;/ cuando tú enfermar…, ser verde,/ y cuando tú morir, ser gris./ ¿Y tú tienes la cara de llamarme de color?»
Que se apliquen el cuento los hipócritas niñatos neonazis que van pregonando por ahí una ilusoria España Blanca para luego tumbarse a pleno sol, tras haber dado una paliza a un árabe.
M. J. Zapater
(Publicado en LAS PROVINCIAS el miércoles 9 de septiembre de 1998, en Sociedad, pág. 30)
Artículos censurados o publicados por Las Provincias entre 1997-98.
Dóricas, jónicas, corintias, salomónicas o de opinión, si amas el arte de las columnas, te doy la bienvenida.
Datos personales
Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.
La feria de las vanidades y la incoherencia
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
