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Ejemplar de La balaustrada (95 columnas de opinión censuradas o publicadas por Las Provincias), encuadernado por la autora.

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Ex redactora de Las Provincias

09 septiembre, 2011

ACRACIA, MÍSTICA Y ARISTOCRACIA

Afirma Aristóteles que el ser humano es sociable por naturaleza, pero yo defiendo lo contrario. Cuanto más compleja y elevada es la personalidad, más tiende a replegarse sobre sí misma. El mayor misterio es uno mismo y nada atrae más que lo desconocido; puesto que todos llevamos dentro un abismo, esto empuja al aislamiento.

Por opuestas que parezcan las más altas filosofías, todas enarbolan el estandarte del ego; hasta se confunden: la del ácrata, la del aristócrata del gusto y la del místico.


La naturaleza ácrata empieza abogando por la colectivización, pero al ser la autonomía del Yo otro de sus pilares, ésta acaba por imponerse al descubrir la alienación que subyace en la comuna. Así, no es raro que los auténticos y escasos ácratas y anarquistas que quedan estén solos. Han aprendido que, como dijo Wilde, «la única sociedad posible es la de uno mismo». Por tanto, aunque por caminos distintos, han llegado a la misma conclusión que los aristócratas del gusto (estos se hallan entre los más refinados artistas).

Encerrados en su torre de marfil (que con frecuencia lo es de verdad, ya que los acomodados se rodean de suntuosidades), los aristócratas del gusto adoptan una postura hierática y desdeñosa frente al mundo. Hacen del arte que dominan su religión, su principio y su fin y, además, convierten su vida en su obra maestra.

Ejemplo de ello es Huysmans, creador de Des Esseintes, protagonista de Al revés. Este escritor actuó parecidamente a su personaje al irse a vivir junto a un monasterio; en él se da, por tanto, doble egocentrismo: la mística y el arte. Ya lo vaticinó Barbey d´Aurevilly cuando dijo que Huysmans, tras escribir esta biblia del decadentismo, sólo tenía dos salidas: suicidarse o postrarse ante la cruz.

Esto último no implica necesariamente tomar los hábitos. «Todas las asociaciones tienen los defectos de todos los conventos», dijo Vigny. Yo invertiría la frase. Aunque el entorno sea religioso, sin predisposición anímica al aislamiento todo es en vano. Quien se siente solo entre la multitud, lo sabe, como Tulia Fabriana, protagonista de Isis, de Villiers.

Hablando de literatura, en René, protagonista de la novela de Chateaubriand que lleva el mismo nombre, se palpa magistralmente ese sentimiento de superioridad: «Quise arrojarme por un tiempo a un mundo que nada me decía y no me comprendía. Mi alma, no gastada por pasión alguna, buscaba un objeto que la atrajese a sí; pero vi que daba más de lo que recibía. No se me exigía un lenguaje elevado ni un sentimiento profundo, ni yo me ocupaba de otra cosa que de rebajar mi vida para ponerla al nivel de la sociedad. Tratado por todos de espíritu novelesco, avergonzado del papel que representaba y cada vez más disgustado de los hombres y de las cosas, decidí retirarme a un arrabal, para vivir ignorado».


M. J. Zapater

(Publicado en LAS PROVINCIAS el domingo 1 de marzo de 1998, en Sociedad, pág. 36)

Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.

La feria de las vanidades y la incoherencia


Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.

María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)