La arquitectura de estos últimos tiempos me parece acartonada, ortopédica, antiestética, vulgar y cuadriculada. Ni siquiera es funcional, que sería lo que la haría menos repugnante. Muchos edificios de ahora no tienen ni pies ni cabeza: patios hondos que se inundan, escaleras hasta el ascensor, falta de rampas para minusválidos (caso del museo de Blasco Ibáñez)…
Las construcciones de antes, desde las pirámides hasta la primera década de los XX, además de tener tantos pies y cabezas como preciosas esculturas solían ostentar adosadas, eran bellas. Ya lo decía Wilde: «La única disculpa de haber hecho algo inútil es admirarlo intensamente. Todo arte es completamente inútil». Teófilo Gautier pensaba igual: «Cuando una cosa se convierte en útil deja de ser bella». En el caso de las horrendas viviendas de hoy no se cuenta ni con el consuelo de la utilidad. Yo abogo por la síntesis entre lo bello y lo funcional, que era lo que pregonaba el prerrafaelista William Morris.
Tanto la arquitectura como el resto de artes están en decadencia desde la primera Guerra Mundial, y no lo digo con doble sentido, pues ya querrían los artistas de hoy crear maravillas como las que produjo el Decadentismo.
Hasta la primera década del siglo XX el lema ha sido crear en nombre de la belleza, sencilla (Neoclasicismo) o rebuscada (Barroco y Rococó). Pero desde vísperas de la primera Guerra Mundial la destrucción que ésta incubaba se extendió a todas las artes, acarreando la degeneración del gusto y el adormecimiento de la inventiva. Salvo excepción, hallamos cuadros de manchurrones informes; esculturas amorfas, como amasadas por seres inhábiles; fincas feas; ruido en vez de música y poesía que no es más que prosa troceada.
Hasta el carril-bici, de simple diseño, dificulta más que posibilita circular en este vehículo. Muchas son las curvas de 90 grados que tiene; por favor, puestos a hacer arabescos, que los hagan bien, como los de Aubrey Beardsley, cuyo arte tachaban de enfermiza exquisitez. Si Beardsley levantara la cabeza y viera, entre otros ripios, el puente de Calatrava, no dudaría en cercenársela de cuajo con uno de sus finos y elegantes arabescos.
La solidez de las restauradas viviendas valencianas del Antiguo Reino y de la calle de la Paz, adornadas con afiligranados frisos, medallones, balaustradas, hierros forjados de complicado dibujo, frontones y columnas, es admirable por su belleza. Es un crimen dejar que las casas de estilos tan preciosos se arruinen y edificar en su lugar fincas ortopédicas. Salvo estos edificios antiguos, las centenarias iglesias y los viejos mausoleos, la arquitectura de nuestras calles deprime y da asco. Como dijo Gautier en su precioso Esmaltes y camafeos, «Todo pasa. Tan sólo el arte fuerte posee la eternidad (…)».
M. J. Zapater
(Publicado en LAS PROVINCIAS el miércoles 7 de enero de 1998, en Sociedad, pág. 32, y posteriormente premiado por la Consejería de Bienestar Social)
Artículos censurados o publicados por Las Provincias entre 1997-98.
Dóricas, jónicas, corintias, salomónicas o de opinión, si amas el arte de las columnas, te doy la bienvenida.
Datos personales
Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.
La feria de las vanidades y la incoherencia
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
