Mi colección artesana de chalecos hechos por mí apenas sobrepasa la docena y es única. El primero me lo confeccioné de un pantalón vaquero que hizo antología en mi historial académico. Tachonado de abalorios punkies y de medallitas de Lourdes y pintado a modo de diario, era la distracción del colegio. El capricho de invertir un pantalón para hacer un chaleco fue un presagio de mi posterior lectura de Al revés, de J. K. Huysmans.
Un día, de tanto que cantaba el pantalón, la monja que impartía música lo censuró, prohibiéndome volver a dar la nota con él. Se ve que no soportaba la competencia…
Ya en el instituto, donde había más libertad, opté por transformar mi querido pantalón en chaleco. Añadí a los remaches que ya había todo tipo de botones, cadenitas, cascabeles, llaves, chapas y hasta un candado. Enseguida, con tal reclamo, vinieron las aportaciones de los coleguillas de estudio y más donaciones eclesiásticas de la abuela, reliquias santeras que acababan de dar el toque añejo a la prenda posmoderna: escapularios diminutos, pedacitos de sudarios de santas mártires, estampitas prerrafaelistas, cuentas de rosario, figurillas y medallas de vírgenes y de cristos de plata negra labrada… ¿Y aún se preguntaba la monja del colegio que a qué santo iba así? ¡Como si no fueran suficientes razones de peso los cerca de 1.000 gramos que pesaba la quincalla que yo llevaba encima!
Llegó un momento en que apenas quedaba espacio ya en la pechera para prender más cosillas. Así que fui seleccionando en plan sibarita; ya no aceptaba cualquier chatarrilla, llaves mohosas y bisutería barata, como antes. Así, el chaleco se convirtió en preciosa y caprichosa reliquia. Junto a las citadas filigranas religiosas, que hacían exclamar a la gente «¡Dios mío!», prendí un botón auténtico de ascensor que indicaba «Bajo» (ya se veían ahí mis tendencias decadentes), una cerradura y monedas de Alfonso XIII; «¡Esto vale una fortuna y hará Historia!», afirmaban.
Además, me coloqué espejitos, ornamentos de nácar de varios colores que arrojaban fulgores tornasolados junto a las piedrecillas de cristal de roca, perlas y conchas; «¡Ostras! ¡Es alucinante!», decían otros.
También lucía gemelos con motivos de dragones, escudos antiguos, anagramas pequeños de coche, abigarradas pieles de serpiente, florecillas de miga de pan, calaveras, broches de libélulas y de mariposas, piedras horadadas, bambú…
Así pues, ni moda del pin ni Paco Clavel; mi chaleco fue el relicario pionero. En cuanto a por qué ya no me lo pongo… Una menudencia: me gusta tanto cuando hablo mirar a los ojos de mi interlocutor (y viceversa), que me pone nerviosa que su mirada curiosa se pierda en mi pechera.
M. J. Zapater
(Publicado en LAS PROVINCIAS el miércoles 21 de enero de 1998, en Sociedad, pág. 30)
Artículos censurados o publicados por Las Provincias entre 1997-98.
Dóricas, jónicas, corintias, salomónicas o de opinión, si amas el arte de las columnas, te doy la bienvenida.
Datos personales
Publicada en la sección de Cartas el miércoles 14 de mayo de 1997 en Las Provincias.
La feria de las vanidades y la incoherencia
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
Como joven periodista en paro agraviada por los desorganizadores de la X Feria Alternativa, condeno el incongruente despotismo de estos. Me sobran razones y anécdotas, pues he participado los últimos cuatro años: primero en una radio libre; luego, practicando la quiromancia honradamente y vendiendo sobres sorpresa a 50 pesetas. Si, pese a ser buena periodista no me dan trabajo, de algo he de sobrevivir, ¿no?
Siempre simpaticé con las utopías que hablan de alternativas paradisíacas. Parafernalia: ahora descubro el sectarismo y la falsedad de tales posturas. Pero juzguen ustedes, juzguen.
Mientras cuatro lunáticos, botella en mano, predican libertad y resistencia al Sistema, mugrientos elfos adoran a la madre naturaleza atusándose la maraña de sus verdes cabelleras, capricho obtenido a causa de agrandar el agujero de ozono y de enrarecer la atmósfera con ponzoñas químicas de indudable origen industrial. Justo detrás de mí, tiñosos desharrapados abominan entre porro y porro de la apestosa corrupción sociopolítica y de las carísimas suciedades anónimas; me huelo que desconocen que en las piñatas un paquete de tres jabones vale 100 pesetas. Digo esto porque basta pasearse por los tenderetes para ver los exorbitantes precios, y eso sin tener en cuenta que algunos de los productos el único arte que entrañan es el de la estafa más sofisticada.
Por si estas pinceladas no bastaran para reflejar el caótico cuadro, he aquí el toque final: una panda de feriantes prepotentes me expulsa del apenas metro cuadrado de césped que ocupaba. La sinrazón, no ser adepta a ninguna de las sectas alternativas y no tener permiso. Se sabe que el silencio otorga, pero no para esas gentes, que les escribes y ni te contestan o acudes a sus locales y te encuentras con una reunión fantasma y con un colectivo tan cambiante cual Caleidoscopio... Así pues, ellos y ellas, todos okupas, qué irónico, plegaron mi pañuelo, quitaron mi cartelito y me amenazaron con recurrir a la fuerza si volvía (¿y aún hablan de la violencia estatal?) Igual suerte corrió un guitarrista, que acabó cantándoles las cuarenta yendo de un lado a otro agotado por la carrera; la estrategia era ingeniosa, porque no ocupaba ningún espacio en concreto y a la vez era omnipresente, pero agotadora. A un pobre acordeonista que pedía la voluntad también lo echaron (y luego se quejan de la Policía y de la insolidaridad). A quienes no mandaron con la música a otra parte fue a esos cofrades enfundados en pieles que se oponen a la tortura animal y te ponen la cabeza como un tambor.
Finalmente, tras jactarse de haber echado a Green Peace, uno de esos feriantes (de muy pocas luces), nos dijo que lo importante era participar. "Yo he montado toda la instalación eléctrica. Tú vienes aquí y lo tienes todo hecho", quejóse. Cayó la noche, las farolas brillaron por su ausencia y el ambiente fue de no veas. Asqueada de tanta comedia, me marché lamentando la desvergüenza, la intolerancia y la hipocresía de tales funámbulos, avaros comerciantes incoherentes y tiránicos.
María Jesús Zapater Muñoz (licenciada en Periodismo y feriante desencantada)
